Seguimos narrando las aventuras y desventuras en Japón con esta entrada en la que contaré como fue el tercer día. Si tuviera que resumir el día en una palabra, sería: Templos. Y si tuviera que resumirlo en dos palabras, serían: Muchos templos.

En serio, vale ya.

A todo esto, era sábado. Habíamos leído que los sábados era mejor no estar por Kyoto pero no nos quedaba otra que encajar estas visitas hoy, así que a las 8 y poco estábamos ya en el primero de ellos, Ryōan-ji, en una ruta que suele hacer la gente de ver 3 templos cercanos entre si. Este templo abre una hora antes que el más visitado de la zona (el Pabellón Dorado) por lo que nos decidimos ir primero a este y después hacer los otros dos. Era la primera vez que cogíamos el autobus.

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Las paradas de autobús en Kyoto suelen tener tres indicadores, el primero entendemos que se ilumina o “se cambia la ficha a” al más puro estilo mecanismo ochentero, cuando el autobús comienza su ruta, el segundo cuando está a medio camino y el último, este si, es cuando el autobús está llegando.

Los autobuseros en Japón están hechos de otra pasta. Sonrien. En serio ¡Sonrien! Van con sus guantes blancos, su mascarilla si están con tos (o porque les apetece), su microfono como si fuera un cantante y sus ganas de ir conduciendo de un lado a otro. Todo esto al grito de “Arigatou gozaimasu!” cada vez que alguien se baja del autobus, o narrando todo el rato para donde va a hacer el siguiente giro, cual es la siguiente parada, Nos hemos encontrado conductores de autobus que no han callado en todo el viaje.

Y aún así siempre había 3 o 4 japoneses/as en estadio de sueño profundo que no se enteraban de nada, y que milagrosamente levantaban la cabeza diez segundos antes de llegar a su parada.

Cuando montas al autobús lo haces por la parte de atrás, y pagas al salir, haciendolo por la parte de alante. Tienes que pagar con el dinero justo (230 yenes en 2015) para los recorridos dentro de la ciudad (los habituales) y si no llevas justo, hay una maquina junto al conductor que te da cambio en monedas más pequeñas.  Un sistema un poco raro (la misma maquina que te da el cambio te podía cobrar un billete) pero al que te acostumbras.

Llegamos. Fue el primer jardín Zen que nos encontramos, con el templo medio vacío y en silencio, sentarse a la sombra, descalzo, y en completo silencio delante de un jardín zen no muy grande pero extraño, fue una experiencia curiosa. Este jardín en concreto tiene la particularidad de tener 15 piedras repartidas por el jardín, y no poder verlas todas desde un único punto del balcón en el que descansas.

jardin zen

Se nos antojaba extraño. Era sábado y estábamos totalmente relajados en ese templo perdido de la mano de Buddha. Seguimos haciendo la ruta por su jardines viendo los nenúfares, etc… y nos tras acabar el recorrido, nos fuimos dando un paseo hasta el Pabellón Dorado: Kinkaku-ji. Hacía sol… íbamos bien de tiempo, no había mucha gente… era perfecto!

Pero no. Fue llegar a Kinkaku-ji y ver una marabunta humana de chinos armados de Smartphones, cámaras, tablets y palos selfies. Y el templo llevaba apenas 15 minutos abierto. Aquello iba a ser complicado porque los chinos haciendo turismo en Japón son como los alemanes en Mallorca. Excepto respeto, muestran de todo (en la entrada en la que hablaré de Hiroshima ya pondré un ejemplo claro).

Aún así, tras la pelea inicial por hacernos con un hueco, pudimos hacer las típicas fotos con el pabellón dorado a la espalda sin ninguna cabeza o movil que no fuera la nuestra.

templo dorado

Y por ultimo, el tercero de los templos, Nanzenji. Más estructuras espectaculares, un jardín Zen gigante y más y más pateo. ¿He dicho pagodas? ¿No? Pues también había pagodas por todos lados. Este ultimo templo lo bueno es que no estaba saturado de personas, por lo que fue todo un descanso para la mente.

Cansados de tanto templismo, decidimos que era hora de ir a ver un castillo: El castillo de Nijō, mandado a construir por Tokugawa Ieasu y utilizado como residencia de la Corte Imperial en Kyoto. A pesar de estar por fuera en obras, por dentro la visita era espectacular.

garza en nijo

Con esto, llevabamos ya una paliza encima interesante, y un hambre que no era ni medio normal. Con lo que empezamos a dirigirnos hacia un punto que ya conociamos para buscar un sitio donde comer: Porta, el centro comercial bajo la estación de Kyoto. Allí nos encontramos por primera vez con un señor plato, el Okonomiyaki.

El okonomiyaki es una mezcla extraña basada en una masa con varios ingredientes cocinados a la plancha que se integra con verduras, fideos, carne, pescado o marisco (por ejemplo), y que te lo comes encima de una plancha caliente donde puedes terminar de hacerlo al gusto, y donde le pones la salsa y especias que tu quieras. En otra entrada caerá foto de lo que estoy hablando.

Y como llevábamos una pequeña pateada encima, tuvimos la maravillosa idea de irnos a hacer el recorrido de 4 kilometros a Fushimi Inari. Si, por la tarde, con la paliza que llevábamos encima. Pero habíamos visto el tiempo para los próximos días, y se presentaba lluvia, así que nuestra mejor opción era esta.

tori de fushimi inari

Armados con la cámara de fotos y la GoPro nos pusimos a subir el monte Inari. Toda una experiencia donde al inicio se coge con muchas ganas, y como te haga un día con mucho calor acabas reventado llegando al ultimo de los santuarios. Avisados estáis.

Este es el monte con miles de Toris naranjas grandes y pequeños dispuestos durante toda la subida y la bajada, en ocasiones tan pegados unos de otros que da la sensación de estar dentro de un tunel.

Era sábado y abajo, en la explanada, había muchísima gente. Pensamos que aquello iba a ser un infierno para subir, y el inicio así lo parecía. Pero hay mucho héroe venido a menos que va de duro, y a las cuatro subidas ya está pidiendo clemencia y dándose la vuelta. Por eso, no hay que tener prisa para sacar las fotos en solitario, el momento llega, y cada vez con más frecuencia según vas subiendo.

toris en inari

Así, tras coronar y descender, con varias picaduras de regalo con las que no habíamos empezado la visita, dimos por concluido el día. Cogimos el tren de vuelta hacia Kyoto usando la linea JR Nara y nos fuimos a buscar algún sitio donde cenar.

En la callejuela pequeña del barrio de Ponto-cho encontramos un sitio que estaba lleno de japoneses y pensamos… si aquí hay gente de la ciudad, y está petado, tiene que ser bueno. Y no fallamos. Un sitio delante de los maestros cocineros y el tipico set con el que pruebas todo tipo de carnes fue lo que pedimos y estaba de lujo.

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Y así, nos fuimos a dar una pequeña vuelta para bajar la cena por las calles comerciales del centro, en unas galerías en la calle pero cubiertas, donde vimos una sala de recreativas que únicamente tenía maquinas de sacar cosas con los ganchos, y nos fuimos al hotel. Descansar era más necesario que nunca.

En definitiva, un día con mucha actividad ya que hacer cualquier cosa un sábado en Kyoto parece un poco locura.